Jonathan Haidt, La generación ansiosa, Por qué las redes sociales están causando una epidemia de enfermedades mentales entre nuestros jóvenes. Ediciones Deusto, 2024. 

por Melba Castillo

Este libro me pareció doblemente interesante, por una parte, lo encontré justo en el momento en que un grupo de estados y familias en Estados Unidos entablaban una demanda contra META por el daño que, según los demandantes las redes sociales especialmente INSTAGRAM y Facebook han causado a sus hijos e hijas. Por otra parte, como educadora resulta muy importante conocer explicaciones con evidencia científica sobre lo que sucede a los adolescentes y jóvenes de hoy con el uso extendido de los celulares. Y, sobre todo, qué podemos hacer para contrarrestar estos efectos.

Jonathan Haidt, psicólogo social y profesor en la Universidad de Nueva York, nos hace un llamado de atención sobre la manera en que los adolescentes de hoy en día están viviendo su infancia. Este cambio, afirma el autor ha ocurrido fundamentalmente a partir de 2010/2012, años en que aparecen los smartphones en nuestras vidas y coincide con un incremento sustancial en las tasas de ansiedad, depresión y autolesiones en los adolescentes y jóvenes. 

El autor analiza una enorme variedad de encuestas, estudios longitudinales y datos clínicos sobre la evolución de la salud mental de los adolescentes y jóvenes, especialmente en Estados Unidos y Gran Bretaña, confirmando que existe una gran coincidencia del aumento que han sufrido padecimientos como ansiedad, depresión, autolesiones y trastornos de la alimentación a partir de los años en que se generaliza el uso de los teléfonos celulares. 

Haidt identifica dos fuerzas que se movieron en direcciones opuestas y que, según él, explican gran parte del problema. Por un lado, frente a potenciales peligros y amenazas del mundo real, se ha ido reduciendo drásticamente el tiempo para el “juego libre» de los niños y niñas en el mundo real: niños y adolescentes juegan menos sin supervisión, exploran menos su entorno solos y asumen menos riesgos físicos moderados, esos pequeños desafíos que tradicionalmente han enseñado a manejar el miedo y la frustración. Y que también eran un elemento fundamental en su proceso formativo, al favorecer la integración social, y el manejo de la interacción social. Por otro lado, ocurrió lo contrario en el mundo digital: los smartphones y las redes sociales entraron de lleno en la vida de los adolescentes casi sin filtros, justo en la etapa en que el cerebro es más sensible a la comparación social y a la validación externa.

El resultado, dice Haidt, es lo que llama «la gran reconfiguración de la infancia«: una generación que creció sobreprotegida en el mundo físico y expuesta sin ninguna o muy poca protección en el mundo virtual. Usa el término «infancia basada en el teléfono» para describir este modelo, y lo contrasta con la «infancia basada en el juego» que predominó durante generaciones anteriores.

Es interesante su explicación de cómo la infancia basada en el juego propicia el descubrimiento, la aventura y la actividad física en contraste con la infancia basada en el teléfono, que descansa en el aislamiento social y el sedentarismo. Adicionalmente, aporta abundantes datos sobre el número de horas que los adolescentes y jóvenes están dedicando al uso de los celulares, lo que se está acercando a cifras que podrían ser jornadas de más de 40 horas semanales, en algunos casos. 

En términos de aprendizaje, es indudable que estas horas dedicadas al uso de los smartphones roba la atención a los temas escolares, además del tiempo que roban a la interacción con sus amigos y con la familia.  Haidt destaca que el problema no es solo el tiempo total frente a la pantalla, sino la fragmentación de la atención. Aunque el celular esté apagado o guardado, su sola presencia en el bolsillo o sobre el escritorio consume parte de la capacidad mental del estudiante, porque una parte del cerebro sigue pendiente de si llegó una notificación. Esto constituye un motivo de distracción constante. Muchos padres y madres se quejan de que “han perdido a sus hijos”.

Sueño y aprendizaje. Señala Haidt que el uso nocturno del teléfono retrasa la hora de dormir y reduce las horas de sueño en adolescentes. Como el sueño es cuando el cerebro consolida lo aprendido durante el día, menos sueño de calidad se traduce directamente en peor retención y rendimiento académico al día siguiente.

Menos lectura profunda, más consumo fragmentado. Argumenta el autor que el hábito de saltar constantemente entre videos cortos, mensajes y notificaciones entrena al cerebro para la distracción y dificulta sostener la atención necesaria para leer textos largos o resolver problemas complejos que requieren concentración sostenida.

Haidt aporta también algunas recomendaciones. Propone cuatro reglas concretas: no dar smartphones antes de secundaria, no permitir redes sociales antes de los 16 años, establecer escuelas libres de teléfonos, y fomentar mucho más juego libre y sin supervisión adulta. Son recomendaciones simples de enunciar, aunque —también es cierto— bastante difíciles de aplicar en la práctica, porque dependen de que muchas familias y escuelas lleguen a acuerdos sobre su aplicación. Y uno de los problemas radica en las dificultades de los padres para establecer límites claros a sus hijos e hijas sobre el uso de estos dispositivos. Así como en su dificultad para establecer controles a una generación que nació en la era digital y que puede resultar muy hábil para evadir estos controles. Por eso es tan importante la comunicación entre padres e hijos para que no solo lo vean como controles, sino como interés genuino. 

Con todo, creo que un mérito innegable de La generación ansiosa es que pone sobre la mesa una pregunta que vale la pena formular: qué tipo de infancia y adolescencia estamos permitiendo, y qué estamos dispuestos a cambiar al respecto. Es un libro que invita a la acción más que a la certeza absoluta, y en ese sentido cumple bien su función.

Por otra parte, si bien el libro está referido básicamente a Estados Unidos y Gran Bretaña, también en nuestros países se observan tendencias parecidas. Según UNICEF, cerca de 16 millones de adolescentes de América Latina y el Caribe —un 15% de la población de 10 a 19 años— viven con algún trastorno mental diagnosticado, cifra superior a la media mundial del 13%, y la ansiedad y la depresión concentran casi la mitad de esos diagnósticos. Cada día, más de 10 adolescentes de la región mueren por suicidio. La OPS también documenta diferencias dentro de la región en acoso escolar y ciberacoso —un factor de riesgo estrechamente ligado al uso de redes sociales—: cerca del 23% de los estudiantes en Centroamérica y el 25% en el Caribe reportan haberlo sufrido.

Diferentes encuestas de El Salvador, la República Dominicana y otros países del Caribe ya reportan como problema la dependencia digital de los adolescentes por la cantidad de horas que pasan en sus dispositivos. 

Sin embargo, la «infancia basada en el teléfono» que describe Haidt no es universal en Centroamérica ni en el Caribe. El conjunto de Centroamérica promedia solo 9% de penetración de banda ancha fija frente a 59% de banda ancha móvil. A nivel latinoamericano y caribeño, el 74% de los hogares urbanos cuenta con internet fijo, frente a apenas 42% de los rurales, y en República Dominicana solo uno de cada cinco adolescentes afirma poder usar internet siempre que lo necesita. Esto matiza el diagnóstico de Haidt para nuestra región: junto a la sobreexposición digital de un sector de la juventud, conviven millones de adolescentes con acceso escaso, intermitente o nulo.  

Coincidiendo con la lectura del libro de Haidt se definió la sentencia a META y aquí es interesante destacar varios aspectos. 

Esto dice el reportaje que publicó hoy 27 de agosto el diario El país, de España 

Meta, empresa matriz de Instagram y Facebook, ha pactado pagar casi 18.000 millones de dólares para que los fiscales generales de 52 Estados y territorios (aunque solo fueron 29 los que demandaron) retiren su pleito contra la compañía, a la que acusan de diseñar y operar productos (sus plataformas) a sabiendas de que tienen efectos perjudiciales para la salud mental de los jóvenes.

Además de abonar esa suma, Meta se compromete también a aplicar cambios en el diseño de sus aplicaciones orientadas a limitar el uso de las redes entre los menores. No podrán estar conectados más de dos horas al día, se impondrá la desconexión nocturna y no habrá notificaciones en horario escolar. META también reforzará sus mecanismos de verificación de edad para identificar con mayor precisión a los menores de 13 años (no pueden usar las plataformas) y a los adolescentes de entre 13 y 17 (se les aplican las citadas medidas de restricción).

Queda por ver cómo se aplicarán estas medidas. Mientras META se compromete ahora a limitar el uso a dos horas diarias y reforzar la verificación de edad en Estados Unidos, cabe preguntarse si estas medidas alcanzarán a los adolescentes de Centroamérica y el Caribe, y si los sistemas locales están en condiciones de acompañarlas. Sin embargo, es importante el llamado de alerta y también recordarnos que las «cuatro reglas» de Haidt exigen una infraestructura de acuerdos entre familias, escuelas y Estado que, en la mayoría de los países centroamericanos y caribeños, todavía está por construirse.

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