Reflexiones sobre la educación humanista en la era digital
Una reflexión personal, después de dar mi lección inaugural en la Facultad de Humanidades de UNICA
El pasado 28 de febrero tuve el honor de dirigirme a las nuevas estudiantes y colegas de la Facultad de Humanidades de la Universidad Cardenal Miguel Obando Bravo, en el inicio del año académico 2026. Quiero agradecer aquí, otra vez, a la Decana Evelyn Torrez y al equipo de la carrera de Pedagogía con mención en Administración y Gestión Educativa por invitarme a compartir esa tarde con ustedes.
Desde entonces he estado pensando en lo que dije y, sobre todo, en lo que me faltó decir. Así que quiero volver a esas ideas aquí, en un formato distinto, más cercano, para seguir conversando con quienes ese día me escucharon y con quienes no pudieron estar.
Empiezo por lo que siempre digo cuando alguien elige las Humanidades como camino profesional: han apostado por buscar respuestas a lo que nos hace humanos, la comprensión, la educación, la psique, la cultura. Y lo han hecho en un momento crítico de la historia, lleno de cambios acelerados, de oportunidades y de desafíos únicos.
Quiero compartir aquí ese recorrido: cómo veo la tecnología transformando cada etapa educativa, y por qué estoy convencida de que, cuanto más avancemos hacia lo digital, más necesitaremos lo humano. Al final encontrarás tres ideas muy prácticas para llevar esta reflexión al aula.
¿A qué nos vamos a enfrentar como humanistas del siglo XXI?
Esa es la pregunta que abrió mi lección, y sigue siendo la que más me interesa. Qué impacto tendrá la tecnología en los procesos cognitivos de la infancia, la adolescencia y la juventud, desde la educación infantil hasta la profesionalización universitaria, es un debate profundo y todavía abierto, y ustedes tienen algo que decir en él.
La tecnología no es algo externo que llega a la escuela
Parto siempre del concepto de socio materialidad —la idea de que los objetos también moldean lo que hacemos, no solo las personas—, propuesto por la investigadora Magda Pischetola. El cambio que estamos experimentando no radica en la introducción de las computadoras en el aula sino en algo más profundo: la transformación por completo de la ecología del aprendizaje, de sus tiempos, sus ritmos y sus relaciones de poder. Es un cambio que redefine la identidad docente y modifica el significado mismo de enseñar y de aprender. Esto es así, porque los objetos tecnológicos, como el wifi y las tabletas, tienen agencia; no son neutros, sino que condicionan y hacen posible ciertas acciones.
Cómo imagino la educación del futuro
En la educación de los más pequeños
El consenso liderado por UNICEF es cada vez mayor: antes de los tres años, durante la primera infancia, el cerebro humano aprende a través de la interacción con personas, no con pantallas. La tecnología se propone, por tanto, como una herramienta muy valiosa para educar a las familias y a las educadoras, y ayudarles a comprender la importancia del juego físico, del lenguaje humano y de los entornos seguros y afectuosos.
En la educación preescolar
La apuesta es que la Inteligencia Artificial sea la asistente silenciosa de la docente, lo que le permitirá personalizar la enseñanza a las necesidades de cada niña y niño. Espero que estos textos contribuyan a hacer posible el Diseño Universal del Aprendizaje: cuentos físicos complementados con realidad aumentada, narración en diferentes idiomas o sonidos interactivos, para hacer accesible el aprendizaje a la niñez con diferentes capacidades.
El futuro de la educación primaria
Lo imagino como un abandono de la memorización, para dar paso a la resolución de problemas y al aprendizaje activo, centrado en el descubrimiento. Aprender a programar se convierte en un nuevo lenguaje que niñas y niños deberán adquirir para desarrollar el pensamiento lógico. El docente se centra en ser un arquitecto de experiencias de aprendizaje, que es además tutor emocional, organizador de debates y mediador de conflictos.
En la enseñanza secundaria
La promesa digital consiste en una enseñanza basada en proyectos y en la conexión con el mundo laboral a través de credenciales digitales en programación, diseño y análisis de datos. El estudiantado practica química o biología en entornos virtuales de alta fidelidad que democratizan el acceso a laboratorios costosos, mientras el aula se reserva para el debate, la colaboración y el trabajo en grupo.
En el ámbito de la educación superior
La tecnología digital ofrece un cambio radical que abarca desde la forma de acreditar el conocimiento hasta la función misma del campus físico. La IA se convierte en un copiloto académico para el análisis de grandes volúmenes de datos, mientras el campus evoluciona de un espacio para la escucha a un espacio para el debate y la exposición de conocimientos. El catedrático pasa de transmisor de conocimientos a mediador y mentor ético, un filtro de la calidad de la información en un mar de desinformación.
Lo que la tecnología no puede sustituir
Este recorrido, de la primera infancia a la universidad, traza una promesa tecnológica real. Pero cada etapa que acabo de describir también plantea una pregunta que ninguna herramienta puede responder por sí sola: qué tipo de persona queremos formar en medio de este cambio. Por eso quiero detenerme ahora en cuatro necesidades que las Humanidades tienen la responsabilidad de sostener: una formación profundamente humana, creativa, ética y crítica.
Necesitamos una formación profundamente humana
Que prepare a las próximas generaciones para aquellas habilidades a las que no podemos renunciar y que nos hacen únicos frente a las máquinas: la creatividad, la ética y la compasión. Según el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, el aprendizaje podría confundirse con el consumo de datos; por eso debemos recuperar la capacidad de atención profunda y la paciencia para que pueda operar el pensamiento lento que describió el psicólogo Daniel Kahneman. Me identifico mucho con la propuesta de la investigadora Inés Dussel: hacer de la escuela un lugar de pausa, de reflexión profunda y de construcción del sentido, que no es instantáneo.
Necesitamos una formación profundamente creativa
Hoy sabemos, como afirma Michel Serres, que llevamos el conocimiento en el bolsillo, en una memoria externa. Así, el cerebro queda más libre para la creatividad disruptiva y la innovación. La verdadera creatividad nos hace más humanos, porque introduce el error, lo absurdo y la intuición allí donde el algoritmo solo ve datos, y es el mejor antídoto contra la automatización.
Necesitamos una formación profundamente ética
Que prepare a mis estudiantes para asumir responsabilidades tanto técnicas como humanas. La primera de ellas es el respeto a la verdad: enseñar a dudar de forma sistemática, a verificar fuentes, autores e intenciones. Es entender que detrás de cada perfil hay un ser humano con derechos, cuya dignidad debe ser respetada. Es valorar la inclusión, que permite que todas las personas usen en igualdad de condiciones las herramientas digitales. Y es valorar también la desconexión consciente, porque el silencio y alejarse de las pantallas es una necesidad para el bienestar mental.
Necesitamos una formación profundamente crítica
Para que el estudiantado comprenda que lo que ven en las pantallas no es la realidad, sino una interpretación de ésta, muchas veces mediada con propósitos comerciales. Para que reconozcan que los algoritmos de las redes sociales refuerzan nuestras ideas preconcebidas, y que la IA se basa en datos del pasado que pueden contener sesgos raciales, sociales o de género. En lugar de censoras, creo que las educadoras del siglo XXI deberíamos ser provocadoras intelectuales que planteamos preguntas incómodas, esas que no buscan respuestas correctas, sino sacar al estudiantado del modo automático para que entren en el pensamiento lento.
Leer el mundo: la vigencia de Paulo Freire
Nuestro querido Paulo Freire, que nos acompañó en la Gran Cruzada Nacional de Alfabetización de Nicaragua en 1980, nos legó herramientas que constituyen una visión de futuro en un contexto dominado por las pantallas. Nos recuerda que el acceso a la información no es educación, y que la verdadera educación libera, transforma y convierte a quienes la reciben en sujetos activos que cuestionan lo que se les enseña. Para Freire, leer no era solo juntar letras, sino leer el mundo: en la era digital, esto supone decodificar los intereses que hay detrás de una noticia o un algoritmo.
Tres ideas para llevar esto al aula desde el lunes
- La pregunta incómoda del día. En lugar de dar respuestas correctas, plantea a tu grupo una pregunta que los saque del piloto automático: ¿cuánta agua y energía gasta el servidor que respondió tu chiste con IA? Conviértelo en un pequeño juego de estimación y debate.
- El detective de sesgos. Actividad grupal donde el estudiantado busca, en una app o red social que usan a diario, un ejemplo de sesgo o de diseño que capture su atención a propósito. Gana el equipo que encuentra el ejemplo más sutil.
- Un día de desconexión consciente, en comunidad. No como castigo, sino como reto colectivo con reflexión posterior: ¿qué notaron, qué extrañaron, qué ganaron?
El rigor intelectual y la sensibilidad de las humanidades
El gran desafío al que nos enfrentamos como humanistas y educadores del siglo XXI es formar ciudadanos que no se conforman con el mundo tal y como es, sino que se atreven a soñar cómo podría ser.
Termino deseándoles que este camino les fortalezca en su compromiso con la humanidad. Y reiterándoles que Nicaragua y el mundo necesitan el rigor intelectual y la sensibilidad de ustedes, porque, aunque hoy en día la tecnología mueve al mundo, son las humanidades las que nos dirán hacia dónde ir.
Y a ti, ¿cuál de estas tres ideas te animarías a probar primero? Cuéntamelo en los comentarios.
¡Muchas gracias por leerme!
Ana Patricia Elvir, EdD
